Nazaret, la aldea de ayer y la ciudad de hoy

La antigua aldea de Nazaret, de donde cuentan las lenguas que lo saben que procedía Jesús. Sí, ese Jesús, el de Nazaret. Es hoy una animada y actual ciudad bulliciosa como la que más, pero con una Historia más vieja que su nombre y más intensa que la de cualquier película de Hollywood.
Allá por el año cero de nuestra era, la aldea no debía de tener mucho más de un puñado de grutas convertidas en vivienda para aprovechar la piedra y ahorrar material.
¿Qué hace uno cuando llega a Nazaret? Eso depende. Fundamentalmente del motivo del viaje.
Si el motivo es religioso, la ciudad está plagada de lugares santos allá donde uno quiera posar los ojos. La casa de la Virgen María, la fuente donde conoció a José, la casa de José, la cueva de la Anunciación, etc… casi todas ellas convertidas en iglesia, pero muy bien conservadas. Lugares que sin duda poseen una energía especial y en los que los sentimientos religiosos se magnifican y uno puede disfrutar de una experiencia bastante fuera de lo común y bastante enriquecedora, incluso para los más escépticos.
Si el motivo es cultural, histórico incluso, los mismos lugares pueden ofrecer una perspectiva muy diferente. Por supuesto las iglesias carecerán de interés, pero no la razón de la misma, es decir, conocer la casa de la Virgen es una muestra breve, aunque concreta de cómo se vivía en aquella época. Cada gruta constituye un vestigio incalculable de la importancia arqueológica del emplazamiento. Al nivel turístico, pero también en las propias excavaciones que se encuentran en las afueras de la ciudad y que, seguramente pertenecieron a otros asentamientos. A otras aldeas. Como decía, perfectamente conservado todo. Todo. Es un lujo darse un paseo histórico por esta ciudad. Entretenido, instructivo, divertido…
Si el motivo es la curiosidad. Que también es un motivo muy válido. Ambas vertientes pueden resultar interesantes. La de recorrer las iglesias y la de recorrer los yacimientos. Pero lo más positivo de este motivo es el hecho de que nos permite divagar y ampliar el abanico. En Nazaret hay un mercado inmenso, en el que lo mismo da vender un vestido, que una botella de vino, sagrado o no, que una sartén, un zapato, un juego de maletas o una ristra de ajos. Allí cada uno se puede perder por una calle y salir cubierto de bolsas. De lo más divertido. Ahora bien, al contrario que en Jerusalén, en Nazaret no se regatea. El precio es el precio, amigos.
Si el motivo es gastronómico, entonces es un buen motivo. Vino, muy buen vino el de esta ciudad. Falafel y kebabs de cordero, pero sin lugar a dudas, el premio es para los pastelitos árabes. Esos a los que les chorrea miel de azahar por todas partes y que seguramente engordan para toda la vida… exactamente esos que se me antojan ahora tanto. Quizá los mejores que he comido nunca. No exagero. Hay que probar los pastelitos de Nazaret.
En fin, el motivo es lo de menos. Se puede hacer un cóctel con todos ellos y pasar un par de días divertidos, no en vano algún santo dijo que Nazaret era la Flor de la Galilea. La flor no sé, pero el centro administrativo de Galilea sí es y eso se nota. La ciudad es como un pequeño mosaico de Babel. 25.000 árabes musulmanes, 22.500 árabes cristianos (sí, también los hay), 24.000 hebreos y un montón de turistas de todas partes del mundo. Un ambiente curioso en una ciudad distinta.