Cenizas para esperar en tierra

En los últimos días los viajeros, los que volamos en avión, hemos tenido la cruz de la nube más oscura sobre nuestras cabezas. Retrasos y cancelaciones que, por una vez, no son culpa de nadie. Para que luego venga el personal y me cante la de “espacio libre de humos”… pues parece que esta vez es la naturaleza la que viene poniendo la nota de color sobre nuestros cielos y, lo que es peor, sobre nuestros espacios aéreos.

He oído comentar por ahí que la gracia nos va a durar unos dos años. Así que lo mejor será irse acostumbrando. Vaya palo para las aerolíneas, porque si la cosa andaba floja de por sí, “la nube” se va a llevar lo poco que había que salvar.

En principio parece una chorrada como un piano de cola, porque al fin y al cabo es ceniza y, si la mayoría de los aviones están preparados para navegar con piloto automático y además tienen radares, uno podría preguntarse porqué razón hay que cancelar los vuelos. Sí, es cierto, visto así, la ceniza del cigarro es suave y no parece demasiado molesta. Al menos no tanto como para importunar a un avión en vuelo. Pero nada de eso… la ceniza volcánica es, por lo visto, más densa de lo que uno interpreta por ceniza en un primer momento. Luego está el hecho de que el avión, no va precisamente despacio. Así que imagínate el avión atravesando la dichosa nube a casi 1.000 km por hora. Es decir, no sólo sería como pasar el avión a través de dos limas de uñas gigantes a toda velocidad, con el consiguiente desgaste del fuselaje, sino que además habría que preguntarse qué les puede pasar a los motores… yo no soy muy ducha en cuestiones técnicas, pero me imagino que, como poco, los inutilizará.

He preguntado a los expertos y me han hecho un dibujo según el cual, la ceniza erosiona las palas del compresor y luego se funde con el calor de la cámara de combustión, dando lugar a una sustancia sólida parecida al cristal. Esto bloquea el flujo de aire y el motor se cala o bien, directamente, se inflama. Por no hablar del sistema de climatización del interior del avión, porque a la que llega la ceniza, el humo se filtra al interior y eso debe ser una juerga. Así que bueno, en principio, sólo es ceniza, pero con muy mala leche. Casi compensa esperar en tierra y no correr demasiados riesgos.

Pero esto no es lo peor. El volcán Eyjafjalla tiene un coleguita que está esperando a que el primero se calme para empezar a hacer público su nombre. Se llama Katla y como la pronunciación es mucho más sencilla que la del que actualmente está liándola en el espacio aéreo europeo, cabe esperar que se popularice más rápido, sobre todo, porque es un volcán mucho más grande y, si le da por erupcionar, la nube se va a pasear por todo el planeta y esa sí que nos va a dar dolores de cabeza a los asiduos de los aeropuertos.