La terapia del Carnaval

El Carnaval es una fiesta cuyo significado se pierde en el origen de su historia. Cada uno puede agarrarse a la idea que mejor le parezca, desde la etimología italiana, según la cual, es el período en el que se puede consumir carne, antes de que llegue su prohibición con la cuaresma, el miércoles de ceniza; hasta una fiesta pagana muy antigua cuya tradición habla de una ofrenda de carne al dios indoeuropeo Baal, la fiesta en la que todo vale. Personalmente creo que proviene de las bacanales romanas, aunque reconozco que también podría hacerlo de las fiestas de la fertilidad celta, en las que los campesinos se reunían en verano, con máscaras y el cuerpo pintado de colores, alrededor de una hoguera, para ahuyentar los malos espíritus y celebrar las buenas cosechas. Cientos de historias rodean esta celebración, pero yo me quedo con la de: “la fiesta en la que todo vale”. Me gusta.

En realidad es un poco así, todo vale y eso quiere decir que uno se puede transformar en aquello que, en principio, no es. Para bien o para mal, es decir, uno puede disfrazarse de rey y abolir de un plumazo las clases sociales ascendiendo a toda velocidad en el escalafón, o de superhéroe, lo cual lo sitúa muy encima del propio rey; o de dios de alguna religión pagana (porque a los dioses de las religiones oficiales no se les conoce el aspecto), pero también se puede uno disfrazar exactamente de otra persona que sí podría haber sido, ahí entran en juego las profesiones: policía, bombero, médico, enfermera, payaso, legionario romano, cabaretera… gente que quiere ser otra persona de golpe y hacer un pequeño borrón en su saldo emocional, es decir, “todo vale” y yo voy a descargar todo el estrés, la frustración, la rabia… y me voy a cargar las pilas con alegría. Funciona. Aunque uno termine agotado absolutamente, habrá valido la pena.

Pero los mejores disfraces, son los que aluden a la fantasía propia de cada uno… y no me refiero a las carrozas de los desfiles en las que las reinas no simbolizan nada y quedan meramente como elementos decorativos de un conjunto y que finalmente no son más que un reclamo turístico. Me refiero a la gente que se lo curra de verdad y te aparecen vestidos como una verdadera hada del bosque, como un unicornio con dos cuerpos, como un gnomo o como una vaca loca… Genial, aunque mis favoritos son los que van un poco más allá todavía. Tú los ves y no te queda claro, así que preguntas: yo voy de bol de Special K, yo voy de torre gemela, yo voy de wifi ¿no me ves las ondas?, nosotros somos un puñado de tuercas… no, yo no voy de momia, voy de paquete de vendas, somos un botiquín, mira, ese es la jeringuilla, ese la mercromina y aquél va… de botella de alcohol.

Es tan divertido. Yo este año he pensado en disfrazarme de algo que dé mucho miedo, no sé si hacerlo de botella de agua pasando por un control de aeropuerto, de radar de tráfico o de carta de Hacienda. Estoy indecisa. Y es que algunas veces se utilizan los disfraces para denunciar situaciones sociales que son inaceptables o que directamente rayan lo subnormal. Supongo que este año habrá más de uno que se vuelva los bolsillos del revés y diga que va de crisis. Ya sea en Cádiz, en Tenerife, en Venecia, en Brasil, en Munich o en el pueblo de nuestros padres, siempre es sorprendente, siempre es para disfrutar y siempre hay que echarle ingenio para sorprender a los demás. La consigna en algunos lugares es la de no dejarse reconocer hasta el final de la fiesta, lo cual da mucha libertad de actuación, pero claro, primero hay que idear un buen disfraz que mantenga nuestra identidad oculta… toda la noche.

En cualquier caso, Carnaval, como terapia funciona, y al fin y al cabo los requisitos para que funcione son los mismos que había hace miles de años cuando era un ritual para que la cosecha fuese buena o para que los astros fueran propicios: hay que disfrazarse, enmascararse, bailar y divertirse. No parece difícil. ¡Feliz Carnaval!